Las cinco de la tarde nubladas, lluviosas y frías son un regalo extraño y perenne. Como dulces o chocolates que alguien trajo de otro país, imposibles de conseguir aquí. Como mi papelería japonesa que me he chiquiteado durante los últimos cuatro años. Aquí casi nunca llueve y, cuando sucede, pareciera que estamos en otra parte. Tal vez por eso me guste tanto la lluvia, porque por fin la vida se parece un poco a la vida que he leído.
Las cinco de la tarde es la hora del tedio y de las expectativas. La hora en que siempre quedo de verme con mucha gente. La hora en que todavía queda una buena parte del día para desperdiciar. Si estoy leyendo o trabajando (o las dos cosas), se pasa en un parpadeo. Si estoy, como ahora, perdiendo el tiempo que no tengo, se estira como lycra y le caben todas las ideas, todos los pensamientos, sean creativos, destructivos, depresivos, pseudo filosóficos o prácticos--en el remotísimo caso en el que el pensamiento y la práctica de cualquier cosa vayan de la mano en mí--.
(Siempre te pienso a las cinco de la tarde. Y en cualquier momento del día, la verdad, en que mi mente se queda callada. Nunca hay silencio en mi cabeza. Cuando intento despejarla, siempre llegas a hacer ruido.)
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